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El Juego

¿Qué es un juego? Un espacio de Posibilidad.

Jugamos para ver cómo podría ser, jugamos para prepararnos por si fuera,

jugamos para evaluar lo que sería,

jugamos para sentirnos de otro modo, jugamos para sentirlos de otro modo, jugamos en fin para recorre

r los caminos que no recorremos.

Esta dimensión modal del juego pertenece igualmente al mundo del sueño y de las ensoñaciones,

al arte y la literatura, al viaje, y al carnaval.

Jugar es simular, al igual que todo acto de representación. La capacidad de representación adquirida

en nuestro proceso evolutivo nos habilita para representarnos simbólicamente lo que ya no queda

al alcance de nuestros sentidos. Lo que ya es pasado o aún es futuro, pero no solamente como

memoria o esperanza, sino con todo lujo de detalles. De esta manera toda forma de conocimiento

consiste en montar capas de alternativas a una que se presenta o se califica "de hecho",

"de real". No tenemos por qué entrar en problemas ontológicos, podemos permanecer

en la dimensión intencional de nuestra mente y afrontar la cuestión desde

nuestros esfuerzos por comprender lo que nos rodea. En esta dimensión, con esta

intención, a partir de un foco o base que etiquetamos como real (una representación también),

proyectamos nuestros espacios deseados o hipotéticos o contrafácticos o futuros o ya

pasados. Y nos proyectamos como identidades alternativas, contrapartes, en ellos.

Somos como los que somos, excepto quizá con algún atributo cambiado, o en otro

tiempo o con otros pares. Recorremos lo que no tenemos y aprendemos al

transitar esos caminos, para recomponer nuestros estados de hecho, para sentir cómo

nos irá en tal o cual acción o propósito, para adelantarnos a lo que podemos

suscitar, para no sorprendernos ante lo que nos puede acontecer. Y regresamos a nuestro

mundo real, un mundo que se diferencia de los otros fundamentalmente porque se define

socialmente extensa y multitudinariamente y porque se produce lo necesario para la supervivencia,

lo físico que no es representación. También nuestros juegos pueden definirse

pública y socialmente, pero no producen directamente. Con todo, paradójicamente,

eso físico que genera nuestras relaciones sociales y económicas, que comparte

representaciones ajenas, que construye nuestras casas y nuestras ciudades,

que nos alimenta y que nos perturba con su clima o nos hiere y mata, puede

imaginarse, reconsiderarse, prepararse en nuestras simulaciones, en nuestros juegos.

Tenemos así juegos de estrategia, pensados originariamente para simular

tal o cual batalla, tenemos nuestros juegos infantiles que nos preparan para

nuestro futuro previsto. Teatro y performance en donde experimentamos

otros papeles, otras identidades, otras vidas en fin, más terribles o más amables.

Nuestros juegos sexuales o nuestras aventuras o nuestros parques de atracciones

que nos enfrentan a riesgos controlados, en donde experimentamos sensaciones sin que repercutan negativamente en lo físico de los hechos.

Pero la peculiaridad de lo virtual reside en que podemos invertir con rapidez nuestro espacio

base de origen; de este modo, tenemos juegos de mesa que nos hacen pasar el

rato en el tiempo de los hechos, el deporte institucionalizado que nos sumerge como

actores o espectadores en hechos sobre los hechos, pasando así a formar parte del

calendario de actos de lo socializado, reglado y productivo. Desde luego en origen

toda competición servía de entrenamiento y de contraste cuando cazábamos o guerreábamos,

pero ahora se ha convertido en una facticidad más.

Estos juegos, tal vez todos, tienen sus reglas y sus procedimientos,

al menos en la medida en que son compartidos e incluso sobre ellos podemos

construir teorías que servirán para producir simulaciones fiables de nuestros

intercambios económicos o informativos. Y en eso se diferencian del sueño y de

las ensoñaciones. En este sentido son conscientes, intencionales y suponen un

grado más de construcción y elaboración. De ahí sus reglas de formación o de

transformación. No podemos jugar al ajedrez con las piezas de las damas, ni jugar

al fútbol con una raqueta de tenis. No podemos representar Hamlet interpretando

el papel de Otelo, ni podemos leer el Quijote pensando que es Amadís de Gaula.

Pero lo interesante del juego no es tanto la posibilidad de elevarlo a producto

estructurado y reglado, de invertir la virtualidad que contiene para actualizarlo,

lo interesante del juego es jugar. Y no deja de ser significativo que exista una

diferencia entre el juego y jugarlo. También ocurre con la vida y vivirla.

En rigor estos conceptos hipostasiados de sus respectivas acciones nos enfrentan

a situaciones paradójicas donde el juego o la vida organiza reglada y tiránicamente l

a manera de jugarlo o vivirla. Es a esta virtualidad a la que me refiero.